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¿Estamos comunicando para nuestros clientes o para el algoritmo?

Hace unos días leí sobre el llamado “efecto LinkedIn”, un fenómeno que explica cómo la exposición constante a logros profesionales puede generar comparaciones poco realistas e incluso afectar la percepción que tenemos de nuestro propio desempeño.

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Pero, más allá del impacto que esto puede tener en las personas, la conversación me llevó a otra pregunta ¿también las empresas estamos cayendo en esa dinámica?

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En los últimos años, las redes sociales han transformado por completo la manera en que las marcas se comunican. Hoy es posible llegar a miles de personas con una publicación, medir cada interacción en tiempo real y conocer qué tipo de contenido obtiene mayor alcance.

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Eso, sin duda, es una ventaja. El problema viene cuando las métricas dejan de ser una herramienta para convertirse en el objetivo. 

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Cada vez es más común que las conversaciones giren alrededor de preguntas como: ¿Cuántas vistas tuvo?, ¿se hizo viral?, ¿cuántos seguidores ganamos?, ¿cuál fue el engagement?. Sí, son indicadores valiosos, pero pocas veces nos detenemos a hacer otra pregunta igual de importante: ¿ayudó ese contenido a fortalecer la confianza de nuestros clientes?

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Porque comunicar no solo es generar conversación. En muchas ocasiones significa generar certeza. 

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Desde las relaciones públicas lo vemos constantemente. Hay empresas que publican todos los días, participan en todas las tendencias y producen un flujo inagotable de contenido. Sin embargo, cuando llega el momento de construir una relación con un cliente, atraer talento, enfrentar una crisis o posicionar una idea ante la industria, descubren que la visibilidad por sí sola no era suficiente. 

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Y es que la reputación se construye de manera distinta. No depende únicamente de la frecuencia con la que aparecemos, sino de la consistencia de los mensajes, la calidad de los datos que compartimos, de la capacidad de nuestros voceros para aportar valor y de la confianza que somos capaces de generar a lo largo del tiempo.

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Y eso también representa un reto para quienes trabajamos en comunicación. Los algoritmos favorecen la inmediatez; la reputación requiere paciencia. Se construye con historias las cuales no siempre serán los contenidos con más "me gusta". Pero sí suelen ser los que permanecen. 

Quizá por eso hoy vale la pena replantear la forma en que medimos el éxito de una estrategia de comunicación. Además del alcance y las impresiones, conviene preguntarnos: ¿Nuestros clientes entienden mejor quiénes somos?, ¿nuestros líderes están siendo reconocidos por su experiencia?, ¿los periodistas nos buscan porque tenemos algo relevante que aportar?

Cuando las respuestas a estas preguntas empiezan a ser afirmativas, la comunicación deja de perseguir al algoritmo y comienza a generar un activo mucho más valioso: la confianza.

Las redes sociales seguirán evolucionando y los algoritmos cambiarán una y otra vez. Lo que difícilmente cambiará es aquello que las organizaciones necesitan para crecer: relaciones sólidas con sus clientes, credibilidad frente a sus audiencias y una reputación que no dependa de la publicación del día.

Al final, las mejores estrategias de comunicación no son las que consiguen más clics. Son las que logran que las personas correctas recuerden a la empresa correcta, por las razones correctas.

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Consuelo Reyes.

CEO & Founder Agencia Volcana

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